Los Amores Muertos
Deja descansar a los amores muertos.
Deja volar los besos ya perdidos.
No despiertes a quien alguna vez
durmió desnudo entre tu pecho.
No pronuncies su nombre en el silencio.
Hay nombres que, después de tantos años,
aún saben dónde guardo su recuerdo.
De aquellos amores aún quedan las noches,
el olor de una piel perdida,
unas manos que el tiempo borró de mis sábanas
pero no de mi memoria, ni mi cuerpo.
Me quedan algunas cicatrices
que nadie ve y a nadie muestro.
Una en la piel,
donde todavía vive la memoria de unas manos.
Otra en la boca,
que aprendió a amar los besos
y después tuvo que olvidarlos.
Otra, más honda,
allá donde el alma guarda lo que nunca cuenta.
Y queda el recuerdo de una espalda
que alguna madrugada creí eterna.
Hay caricias que se convierten en fantasmas.
Hay despedidas que siguen desnudas
mucho después de haberse ido.
Y algunas noches,
cuando la ciudad se queda sin ruido,
regresan.
No vienen a pedirme nada.
Se sientan a mi lado.
Me miran.
Y por un instante
vuelve aquel incendio.
Después se marchan.
Y yo permanezco aquí,
con mi piel llena de pequeñas muescas,
con el corazón algo más viejo,
con el alma llena de nombres
que ya no escribo ni pronuncio.
Pero en paz.
Porque aprendí que la nostalgia
no siempre es una herida.
A veces es solamente
la cicatriz acariciándose a sí misma.
Y entonces cierro los ojos.
Pero no para volver.
Sino para agradecer
que alguna vez hubo cuerpos,
labios, noches,
y alguien que me quiso
hasta dejarme para siempre
un poco de su oscuridad.
Si alguna vez sonrío
mirando hacia ninguna parte,
no me juzgues;
no es que quiera regresar.
Es que, a veces,
hasta las cicatrices
recuerdan con ternura
la mano que las hizo.
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