Entre El Primero Y El Cuarto
Entre el primero y el cuarto
Éramos dos niños,
era un ascensor.
Yo vivía en el primero.
Tú vivías en el cuarto.
Y en el devenir de aquellas plantas
nos cabía la vida entera.
Subíamos y bajábamos,
sin querer llegar a alguna parte,
porque siempre quedaba algo por decir,
una risa pendiente,
una palabra perdida en los pasillos.
El portero desesperaba.
Los vecinos contaban los viajes.
Y nosotros seguíamos allí,
ajenos al mundo,
sin saber que estábamos guardando
recuerdos para una vida.
Crecimos entre botones que anunciaban pisos
y espejos que nos devolvían
dos rostros cada vez menos niños.
Nunca hubo besos ni promesas.
Quizá porque nos queríamos demasiado
como para gastar aquel amor en algo más.
Después llegó la vida,
y nos llevó por caminos diferentes.
Pasaron los años.
Tantos, que dejamos de contarlos.
Pero ayer volvimos a encontrarnos.
Dos cafés.
Dos sonrisas.
Y aquella conversación
que nunca habíamos terminado.
Y comprendí que hay personas
que nunca se marchan del todo,
que permanecen en algún rincón del alma,
esperando sin saberlo.
Anoche, al llegar a casa,
recordé de nuevo el ascensor.
Y sonreí.
Porque, después de tantos años,
aquellos dos niños
seguían subiendo y bajando,
entre el primero y el cuarto,
sin prisa,
sin destino,
y con toda una vida
todavía por contarse.
(Dedicado a mi amiga María. Siempre mi amiga; y a veces, mi memoria.)
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