El Peso Del Abrazo
Tengo a veces deseos de ser
aquel niño que fui,
y en la hora en que la noche aprieta,
volverte a oír.
No duele el tiempo: duele la distancia,
aquel lugar del mundo
donde el miedo era tan solo una palabra.
Ahora que los problemas son de gente mayor
y la espalda se encorva bajo el día,
quisiera tu mano en el hombro,
no para que el mañana sea limpio,
sino para mirar juntos las grietas del cielo,
cuando jugábamos a que la luz
era tan solo un pájaro
que podíamos atrapar con los ojos cerrados.
Pero ya no hay cuentos que valgan
ni recuerdos que me duerman,
ni besos que ahuyenten la angustia adulta.
Solo este eco de tu voz antigua
y la certeza de que, en algún rincón del pecho,
tu abrazo me alimenta
y tu amor sigue meciéndome.
Porque aunque el hombre crezca y se endurezca
y aprenda a no llorar en los abrazos,
siempre queda el niño que un día fuimos;
ese que aún busca en la penumbra
y te nombra sin voz al despertar.
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