El Centro
A cierta edad, es difícil detenerse;
sin embargo, a veces se consigue.
No por virtud, sino que las piernas
ya no responden como antes.
Entonces mira hacia atrás, y lo que ve
no es un desastre: es quizá peor,
algo que en verdad no funcionó.
Hubo un tiempo en que aquello fue espléndido.
No lo niego. A veces todavía
la memoria me devuelve cierta habitación,
cierta luz de domingo,
y pienso que si aquello no era amor,
nada nunca lo había sido.
Pero el amor, ya se sabe,
también es una forma de mudanza.
Mientras uno se ríe,
mientras deja que le quieran
sin mirar demasiado,
el centro de su vida se desplaza.
Despacio. Como una piedra que rueda
sin ruido hacia los bordes.
Un día te despiertas
y ya no estás en ti.
Estás en lo de otro.
Y eso no es amor, es una casa
que se hunde contigo dentro.
No hubo violencia. Nadie gritó.
Solo que yo miraba aquella cara
y comprendía, con una claridad no deseada,
que el amor de mi vida
me estaba desviviendo.
Hice la maleta como quien cumple
un trámite. Sin épica.
Porque marcharse, a fin de cuentas,
no es un acto heroico:
es reconocer que el suelo
ya no te sostiene.
Me fui. Dejé atrás lo mejor que nunca tuve.
Y no lo digo por consuelo.
Lo digo de verdad,
y porque a veces, por la noche,
todavía me pregunto
qué habría sido de mí
si me hubiera quedado
acaso un día más.
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